Crímenes sorprendentes de asesinos en serie, por Ricardo Canaletti
Introducción
El libro, desde una visualización superficial y veloz,
no causa nada; es más, te provee de sensaciones hieráticas, indiferentes. Una
mueca de duda se transluce en el rostro lector. Piensa éste: ¿Por qué debería
leer, a pesar de ser la primera edición, y tal vez haya sido el primer tomo
comprado de los doce mil, un libro que habla de asesinos y relata casi de forma
minuciosa el proceder de éstas personas, que se criaron en un hogar arrabalero
y violento?
Cuando uno se prepara psicológicamente, luego de dos años
de haberse comprado el mamotreto, y observa la portada, puede verse en ella.
Observa la impresión que causa cada frase de lo relatado; el origen de los
castigos a muerte (la silla eléctrica, p. ej.) resulta realmente terrorífico, e
imaginarlo infinitamente aún más. Leer “un trabajador de la entidad eléctrica
Westinghouse fue hallado en el suelo, con gravísimas quemaduras. Tan así que lo
dejaron como pan hípertostado”, me hace ponerme en la situación y, aunque no lo
sienta realmente, puedo oír cierto rumor que hace compadecerme con el pobre
obrero. Cuando se usó por primera vez, en Estados Unidos, quien sería el
segundo catador, William Kemmler, fue “anestesiado” con setecientos voltios,
pero aún seguía vivo, delirando, con la facies totalmente roja. Por lo tanto,
se dictaminó redoblar los voltios, para así realmente matarlo…
La estructura del libro es episódica, temporal e
independiente respecto al espacio. Es decir, desde el siglo XIX al XX, va
comentando las “aventuras” de los asesinos y sus víctimas, pero pasando en
distintos países, como Inglaterra, Estados Unidos, Argentina o Chile…
La lectura dispar no supondrá ningún problema; el
inicio puede ser el último capítulo o bien la mitad del libro. Se lee, además,
como si fuera una novela, ya que contiene diálogos (que difícilmente se acaten
a la realidad de los hechos) y descripciones clásicas. Se suele iniciar
comentando cómo era la vida del niño, etc.
Para la gente común, como yo o tú, lector, provoca y
acomete con su objetivo: dejar pavoroso a quien, por el deseo de saber qué
sucederá, continúa pasando sus sudorosas yemas por cada página, detenido a
veces por las descripciones que resultan vívidas…
Como esto sería más o menos la reseña del libro, me
extenderé a hacer algunas menciones que más asco me dieron; hace parecer
irracional el meditar lo siguiente: “Es una cosa falaz. ¿Cómo un buen
estudiante, amante de la literatura original, querido y consentido por sus
padres, de estatura baja y físico enjuto, fuera un asesino canibalístico; un
ser horriblemente antropófago?”
Caso primero,
el caníbal japonés.
Generalmente se tiene una tipología de un asesino:
fornido, alto, capaz de persuadir a quienes lo rodean con facilidad, de rostro
pronunciado; maxilares y pómulos sobresalientes. En ocasiones realizadores de
planes cuidadosamente prehechos, y en otras actúan casi por instinto, cuando se
activa en su derruida mente la bala del error. Como lo será en éste caso…
Bien, en ésta ocasión, se trata de un individuo
asiático, de familia pudiente, fanático de Shakespeare y el arte de la pintura,
que tenía una afición particular por las mujeres de aspecto occidental:
“Rubias, de ojos azules y nariz pequeña”, afirma Ricardo.
En la primera cita con una minita de éstas calañas,
Renée Hartevelt, quien lo “usaba” para conversar de forma intelectual y no
sentimental, su plan incurrió en el rotundo fracaso.
Propuso lo siguiente: cautivaría a Renée para que
leyera una de sus obras de corte caníbal, y él iría a buscar algún aperitivo,
pero no para ellos, sino para él; para él y el cuerpo de la holandesa. Trajo un
rifle, y apuntándola desde la espalda, pudo luego ver a
“su cuerpo
cayendo al piso. Sus ojos, su nariz, su boca, la sangre salen por un orificio
en su frente. (…) Trato de limpiarla, pero no puedo detener el fluido de su
cabeza (…)”
La historia no acaba, y en un momento de éxtasis,
prosiguió por recostarse al lado de ella; observaba su cuerpo inerte, pero él
sentía que aún tenía vida, y que ¡lo amaba! Entonces, haciendo orificios en la
nalga derecha de Renée, prosiguió, con enfado, a introducir su mano, y se
llevaba a la boca lo que sacaba de allí.
“Mi gesto fue uno de amor. De ésta manera pude
asegurarme que Renée estaría dentro de mí, para siempre”, escribiría el japonés
tiempo después, en la casa paterna.
Cuando acabó por desmembrar al menos el ochenta por
ciento el cuerpo de la chica, Issei Sagawa tomó dos valijas y acomodó “la
cabeza, los brazos y las piernas envueltos en papel y bolsas de plástico, y en
la otra guardó el tronco. (…) Issei llamó a un taxi (y sin embargo no supo)
desembarazarse de las maletas […]”
Un 13 de junio se decantaría nuevamente por intentar
deshacerse de las maletas, pero sería visto por unas jóvenes intentando
arrojarlas en un riacho.
Fue declarado como persona demente por no emitir ningún
tipo de sentimiento de arrepentimiento, y de Francia lo exiliaron a su país de
origen, Japón. Allí, no tuvo ningún tipo de condenación; ni legal ni social.
Participó en documentales, filmes para adultos y escribió libros, en un sentido
autobiográfico. Además, participó en las portadas de revistas culinarias y se
dedicó en contribuir en la escritura de mangas.
El autor concluye la historia diciéndonos que Sagawa
desapareció de la farándula, a causa de su paraplejía, y que a las occidentales
las consideraba ahora como lo más banal del mundo, pero “proclamaba que las
orientales son las mujeres más bellas […]”
Con sus 73 años, y bajo custodia de Jun Sagawa, su
hermano, subsiste en en las afueras de Tokio[1].
Páginas utilizadas:
232, 236, 238, 239, 240, 243, 245, 246 y 247.
Otras fuentes: Wikipedia.com
Yahoo.Noticias
Caso segundo,
el anhelo de la oveja negra.
Siglo XX, familia que vivía bajo el encono mutuo. La
astringencia traumó a Edmund Emil Kempler, quien soportaba el abuso materno
[insultos, golpes, indiferencia] y, sin embargo, halló en su padre la figura
salvadora, y se apegó bastante a él. El padre también lo quería. Como medio de
“desahogo”, tenía a sus hermanas, con quienes jugaba mimetizando al sistema de
la silla de corriente.
Cuando se sentía totalmente desbancado, las
maltrataba, rompía los juguetes de ellas. Luego se los mostraba.
En 1964, con una antecedente separación paterna, iría
a vivir son sus abuelos. En un acto de enojo con Maude, su abuela, tomó el
rifle con que iba a ir de caza y la mató. Luego al abuelo. Con la intromisión
policial, el chico dejó de lado los artificios y confesó abiertamente haberlos
asesinado.
En un hospital mental de California fue donde lo
encerraron, por unos años. Su capacidad de autocontrol lo hizo ponerse en
libertad. Le advirtieron, durante el juzgamiento, mantenerse alejado de su
madre. Sin embargo, lo llevaron donde ella se encontraba.
Su nueva, pero aún inestable vida, comenzaría…
Cuando quiso ejercer como policía, gracias a su
altura, no pudo acceder. Los estudios institucionales no estaban en su
bitácora, “porque se madre se lo pedía” afirmó Canaletti.
Cuando por fin pudo abandonar el hogar, se dedicó a
recoger jovencitas universitarias.
Sus primeras víctimas fueron Anita Luchessa y Ann P.
En el trayecto hacia su universidad, tonó un camino diferente y, en cuanto se
dieron cuenta, le preguntaron cuáles eran sus intenciones. Pero las interrumpió
su pistola de 9mm (llevaba, en total, dos pistolas y dos armas blancas).
Mary Ann, quien aplicó oposición rompiendo la bolsa
que tenía puesta en su cabeza, pero Edmundo, de dos puñaladas en la espalda, la
mató. Hizo lo mismo con la otra chica.
De regreso a casa, las desnudó, decapitó y tomó
fotografías de sus cuerpos. Luego, se deshizo de ellos, pero se quedó, por poco
tiempo, con la cabeza de cada una, y las puso en la repisa.
El 14 de septiembre de 1972, se toparía, muy
lamentablemente, Aiko Koo, una jovencita de 15 años de edad, haciendo
autoestop. Entonces Ed aparcó, y la invitó a subir. Lo hizo, y su artimaña fue
la misma.
Cuando comenzó la lucha por huir, sacó de debajo de su
asiento una Magnum 357, y la puso en la costilla de la chica. Con la mentira de
que él sólo buscaba a una persona con quien hablar, pues se suicidaría, la
convenció y la llevó a un punto elevado. Entonces se abalanzó encima de ella y
empezó a ahorcarla. Aún con vida, aprovechó para violarla, y murió de forma
paulatina, con la bufanda de ella. La encerró en el maletero, y fue a casa de
su madre.
Cuando se deshizo del noventa por ciento del cuerpo,
se quedó, nuevamente, con la cabeza de la chica oriental. Aún manteniéndola en
el auto, fue a hablar con unos médicos forenses, en concepto de dejarlo en
libertad completamente.
En una misma noche, asesinó a tres mujeres; a dos de
ellas teóricamente en un mismo lugar: Allison Liu y Rosalin Thorpe, quienes
subieron al auto pensando que él era un estudiante universitario. Primero,
disparó a Rosalin, que estaba en el asiento derecho del acompañante; luego a
Liu, que quedó completamente congelada por la situación.
Cuando su madre regresó a casa, él la esperaba; le
propinó un martillo en la cabeza que sólo logró romperle el cráneo, pero no
matarla. Entonces, tomó un cuchillo y la decapitó. Confesó que violó su cabeza
y “Cuando terminé, puse la cabeza en un estante y le grité durante una hora. Le
lanzaba dardos.”
Acusado de haber matado a ocho personas, lo condenaron
a cadena perpetua, sin capacidad de libertad.
¿Por qué Ed asesinó a su madre? Entrevista transcripta, y recortada por
mí, que puede leerse en la página 293:
[…]
-Viví como
una persona normal la mayor parte de mi vida, a pesar de que estaba viviendo
una vida paralela muy enferma. […]
-¿Cómo era su
madre?
-[…] enferma,
furiosa, hambrienta y muy triste. La odiaba, pero yo quería amar a mi madre. Vi
el aumento del consumo de alcohol y observé cómo su vida social
desaparecía. […] tenía un terrible dolor
por su vida anterior, su crianza. Su fallido matrimonio con mi padre. Soy un
recordatorio constante de ese fracaso… Toda esa semana iba construyendo una
imagen en mi cabeza: mi madre va a morir. Voy a matarla. […]
Páginas utilizadas: 275, 277, 279, 280, 281, 283, 288 y 29



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