La Colección, de Brizuela, Bruno

 

PALABRAS PRELIMINARES, QUE A LA VEZ SON PARTE DE LA CONCLUSIÓN:

En ésta otra ocasión, el dialecto se me vio facilitado, pues he usado recursos simples, como la reescritura y todo aquello que, Alicia Steimberg, lo llama “observarse en el espejo” [simbolismo]. Asimismo, lo que Gary Chapman llamó “Noche de revisación a nuestras historias”, consejo amoroso que consiste en uno de los lenguajes del amor: la atención activa hacia el otro individuo.

A opinión personal, la literatura es parte de lo investigativo, de lo autobiográfico. Es la forma de arte más particular y sublime existente. Supera al simple hecho de escribir. Los sentimientos más inconscientes, aquellos que son imposibles manifestarlos en la reunión de la curia amistosa en el colegio o en la “junta de siempre”, en la escritura literaria puede confesarse sin el menor tapujo.

Como hubiera dicho el bueno de Leo Maslíah, en Biromes y Servilletas: […] No pretenden laureles, sólo pasan a papeles experiencias personales […], sin temor a plagiarse. Nada de eso importa ya mientras escriban su manía, su locura; su neurosis obsesiva […] Andan por las calles escribiendo y viendo; lo que ven lo van diciendo […] Esos poetas van contando lo que ven, y lo que no, lo fantasean [...]

[...]

[...]

Se escribe para reflexionar, no para alegrar…

 

   La colección [Antes titulado como La especialidad de Papá, con una trama distinta]

Autor: Brizuela, Bruno.

 

La damisela, caminando a pasos cortos pero ligeros, con sombrero en mano y la vista al suelo, reprimía sus lágrimas.

Miraba hacia delante de vez en cuando para evitar malos vicios y por la necesidad de recibir compasión ante su silencioso padecer. Sin embargo, sólo recibía, apenitas, miradas de desprecio. Otras personas ni siquiera notaban su trémula existencia.

Algo sucedía, claramente. Ella no podía, le era irrealizable, descifrar el qué.

Rondaba, pues, la calle Centenario, Santa Rita y luego Hilacha; lo hacía una y otra vez, intentando decodificar el mensaje casi ilegible que recibía; o acaso rechazarlo…

El día era frío y hacía acto de presencia el gélido soplido del ambiente en sus brazos desnudos, y lanzaba silbidos agudos que la intranquilizaban. No la dejaban comprender la semilla de su sufrir.

Cuando sus morenas y aristocráticas piernecitas dijeron “basta”, observó, al levantar la vista, un campo cercado de madera. Dentro de él había ovejas negras, blancas y ambivalentes.

Ninguna, en aspecto, era igual o al menos parecida. Unas comían y otras bebían, a la par.

Las más pequeñas, casi peladas, jugaban; se correteaban por el pequeño establo.

También, hubo una ovejita solitaria, recostada sobre sus dos patitas delanteras que la observaba a la damisela, con ojos brillantes, grandes y compasivos.

La damisela, ladeada su cabeza, se vio intercedida por una oveja de mayor tamaño, que tapaba a la pequeña; luego se conjuró otra, de más grande aún, y le dieron la retaguardia.

Ofendida, y con el afán de saber qué sucedía allí, se decidió a cruzar la calle, pero casi ocurre un infortunio: una carreta, negra y de ruedas gigantes y bronceadas por el pasar del descuido y el tiempo, casi la atropelló. No obstante, logró frenar su andar. Recordó que el carruaje era conducido por nadie, por lo que se atemorizó un poco.

Cuando resolvió insultar al intangible conductor, el vehículo se encontraba ya muy lejos; ni siquiera le dio tiempo de hacerle un ademán indecoroso.

Al otro lado de la extensa avenida, un hombre pasaba, caminando, con la vista fija en ella, pero con la cabeza ladeada un poco hacia el suelo. Cuando ésta se percató, él rápidamente bajó la mirada por completo. Ella lo hizo también, y él la miró nuevamente, pero en ésta ocasión sus verduscos ojos se posaron en ella, no obstante, el joven, flácido de físico y emociones, no se atrevió a dirigirle palabra, por lo que sólo tropezó con una roca conveniente y cayó. Cuando estaba empolvado y en el suelo, su vista se fijó nuevamente en la damisela, que, sabiendo la fatalidad, decidió no observarlo y permaneció parada, esperando sólo a que el momento desapareciera.

En eso de un segundo, que parecieron minutos, el rostro asoleado del hombre se hizo de un rojo bermellón increíble. El fuego de las ascuas que cocina a los impíos en el infierno se traslució en su rostro, debajo de él. Pensando en que la damisela no se dio cuenta de su caída, éste se elevó de la forma más silenciosa y rápida jamás antes vista. Con sus largas piernas y pasos, en cuestión de segundos hizo unos ciento cincuenta metros, y dobló por la derecha, hacia la calle Molina y Cáceres. Su rostro, aún ardiendo, pasó de compungido a malicioso, y vaya uno a saber qué habrá sucedido con el gentilhombre.

En todo el tumulto de los hechos de carácter onírico, de carácter teatral, se asomaba una mosca, y le zumbaba y rodeaba los oídos de la mulata de cabello recortado, ojos de relieve oriental, marrones y de cansina forma. Hastiada, la mató de sopetón.

En los arrabales correntinos era muy común toparse con gente que parloteaba para sí, y entonces en el corral de ovejas vio a un anciano, portador de un rostro sumamente raro: tenía barba rojiza, pero no bigote. La chica pensaba que su rostro era raro pues su piel tenía el mismo tono rojizo. Era todo en uno el viejo.

La chica se aproximó para ver a las pequeñas ovejas y para oír lo que el anciano murmuraba.

-Buen día, me llamo Eugenia –le dijo al hombre.

-Maíz, poroto, coto. Coto, poroto –y luego reía, poniéndose aún más rojo.

La chica entonces se cruzó de brazos, y alzó aún más la voz.

-Colec… Oh? Holaa, niña…-dijo

Luego se quedó observándola, con ojos deseosos, que ella los interpretó como de sabios. Y continuó:

-Pérdida. ´sted ha perdido algo.

Ella, sin tapujos, le dijo:

-Sí, señor. He perdido todo lo valioso que hubo alguna vez en éste barrio.

-Oh…, ya veo -le respondió-.  ¿No creés que aún te queda algo, mujer?

-No, señor. Todito todo lo he perdido.

-Bien. Por favor, espérame aquí. Ya regreso. –y entró a su tabuco, murmurando Colección, Colección.

Pasó un minuto, y la damisela comenzó a verse asustada e impaciente. Algo le decía que debía huir, pero la curiosidad pueril pudo más.

Entonces, vociferando, el hombre, con unos senos muy grandes, que saltaban de arriba hacia abajo, corría hacia ella, alegre. Se frenó a centímetros de su nariz, jadeando.

Entonces ella lanzó un grito agudo, petrificada.

-Disculpe, mi niña. Mire, por favor, encontré esta imagen. Es su padre, y este otro soy yo.

-Ah, sí? Y, dígame, ¿de dónde lo conoce?  –le preguntó, con voz trémula y desconfiada.

-Pues… pues… eh… Pase, por favor. Le voy a dar de almorzar una receta que yo y él compartimos.

Entonces ella aceptó, y entró. Era anciano, y aparentaba ser débil de corazón. Lo único que debía temer era su personalidad chiflada. Además, conoció a su difunto padre.

-Coma, niña. Coma.

-Disculpe, ¿me traería un poco de sal?

El hombre, con una sonrisa, asintió en silencio y fue a buscar el frasquito de sal.

Mientras aparentaba buscar la sal en la repisa, le preguntó:

-¿Y dónde está tu padre ahora?

-Él ha fallecido, señor.

Aunque ella no lo vio, él pasó su lengua por sus morados labios, y convenientemente halló la sal.

Echó adrede el recipiente y lo rompió. Su rostro se tornó triste y le suplicaba falsas disculpas a la chica.

Cuando ella se lo quitó de encima lo más amable que pudo, él se reincorporó y admitió no poder estar dentro. Iría a tomar aire y regresaría.

Cuando se fue, ella analizó lo que le sirvió, y le hizo asco. Fue tirándolo de a poco, y no todo, para que, cuando sea hora de despedirse, pudiera irse en paz para jamás regresar.

Cuando oyó que se abrió la puerta, continuó moviendo la cuchara, aparentando comer, pero su cabeza, y la sangre, por dios, la sangre, tiñó el suelo, la pared, la sopa del plato, el rostro del hombre…

Tiempo después, mientras silbaba una melodía anarmónica y cosía la piel del cuello de la damisela a su desnudo cuerpo, emitía palabras que apenas sonaban, pero yo, el hombre que se había puesto rojo como una manzana nevosa, pude verlo todo; decía, evidentemente, “Colección, Colección”, y luego la martilló en el sótano, junto a su padre, otra de sus víctimas.

 El hombre falleció pasada una semana, pero ahora me tocaba a mí, y dejo de escribir ya que mi cita está golpeando la puerta y parada en el zaguán; se la ve sumamente coleccionable, está esperándome…

No obstante, como soy yo quien decide qué sucede, eran unos inspectores que lo llevaron preso, le agarró una diarrea crónica y murió de deshidratación. :-P

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