cuento 1

El Otro Duelo, y algo más;

 una recreación del cuento de Borges

 

Y no sé… ¿Qué es lo que buscás? –me dijo.

Lo pensé un rato, tratando de apaciguar mis pensamientos.

—Venganza –contesté-. No, de hecho, quiero ganar y que ella vuelva a mí –concluí.

—No me estarás hablando de Ángeles, ¿no?                                               

Cruzado de brazos, con una mirada desafiante, asentí y luego mantuve la mirada al suelo.

—Lo veo… No te aflijás, hermano. Desahogáte si querés, que no voy a intervenir –dijo, invitándome a hablar.

—Desahogarme…, no. Yo no evoco sentimientos vanos, Roberto. Vos sabés muy bien que yo soy más de actuar.

—Contame, amigo, ¿quién es ese otro? –me dijo, desviando el tema.

—Es un gil. Y Ángeles lo es más. Me dejó porque él tiene prestigio, o una cosa así que oí por ahí.

—Tiene prestigio… dejáme pensar a ver que te lo digo… ¿No me estarás hablando de Polo Monip, el judío?

—Si se llama Polo, no lo sé. Lo que sí es que es un canalla de un metro setenta y cinco, cabello ondulado y morocho, de piel quemada por el sol, cual esclavo.

Era una tarde como cualquiera otra, tal vez uno de los más soleados y calurosos de invierno, lugar ubicado en el bar Sancho, sentados en la primera fila de taburetes, vacíos de un lado y de otro, donde se llevó a cabo la íntima conversación. Plena siesta, momento en el que la gauchada está en casa, recostada al lado de su china, a quien se le atisba uno de los pezones, negruzcos y un poco maltrechos a causa de la maternidad. Luego estaban las que no tenían en mente el tener linaje sagrado, pero sí disfrutar la vida, como Ángeles, quienes tenían unos senos bien formados y firmes. Yo anhelaba más que un amor, un poco de carne infestada.

Me explicó clarividentemente Roberto acerca de quién era éste judío de cuarta, llamado… Polo Monip. No llegué a saber si Monip era su apellido o su nombre; o si Polo era un apodo o bien su apellido.

Me comentó que era como el sabueso de los Foscarelli, malos, recelosos y gruñidores cuando tienen lo suyo pero que cuando se duermen y son arrebatados, no tienen ni la pujanza para darse por enterado de que les falta algo. Unos desconfiados totales…

Que yo lo comente así ahora es de mi autoría. Claramente Roberto no es para nada malevo ni aprovechador. O fue. Que su alma en paz descanse…

Cuando nos despedimos, casi a medianoche, me chistó. Cuando me giré, estaba detrás de mí; me tomó de los brazos, llorando y suplicando para que lo deje todo como está y que continúe con mi vida, que sufren más ellas al parir que un hombre al perderlas. Un poco conmovido, le dije que no se preocupara. Pero no le prometí cancelar la pelea.

Al abrir la puerta nomás me esperaba el judío, sosteniendo sobre su hombro la culata de un rifle. No le hice miedo y lo incentivé a disparar, pero bajó el arma. Le mostré el cuchillo y aquella noche hubo tres muertos. Uno de ellos se libraba por fin del yugo femenino; el otro de su angustia y yo, muerto en vida, me ponía las cadenas de la culpa y el duelo circular…

Quizás pude haber hecho algo, y nunca lo sabré... 

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Comentarios

  1. Como autor de éste cuento, con la estima por el suelo y el ego por los cielos, creo que es un excelente cuento, con recovecos conclusivos de alta calidad (???

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