En tu Habitación (Fragmento Literario)
Iluminado por un foco sepia cual década ochentista, la piel buñida de tus nalgas y mi walkman sintonizando La Oscuridad se Cierne sobre los Adolescentes, hacían una excelente combinación en tu habitación...
Las capas de grasa y músculo de tu glúteo eran una excelente almohada para deslizarme al ritmo monumental de los hits del momento del ayer.
De horizonte, en un lado la interrupción de la juventud volvía a ponerse en marcha; del otro, esta condición estaba en sus albores... Una anhelaba el juego, el otro comenzaba a dejarlo, de a poco, suficientemente como para poder satisfacer al capricho lúdico.
La primera vez que nos vimos fue cuando el tranvía serpenteaba en grises trémulos su deportivo cuerpo. Estabas enfrente de mí, sentada rectamente, mirando mi pétrea y tímida postura. Un tsunami de verde oliva detrás de un marco en aumento, de finos labios, nariz de belleza curva y ancha, se cernían sobre mí. Sin saberlo, los dos nos escapábamos de la futilidad cotidiana. Estabas cansada de frotar inútilmente el círculo reflectivo marital, aunque en el fondo te agradara la espuma; compartíamos, eso sabiéndolo mutuamente, el deseo por pecar, cruzar los límites impuestos por una norma fantasmal. Descruzabas tus piernas y yo transmutaba mi personalidad.
—¿Te imaginás de cuántos están cogiendo ahora? —inquirió.
—¿Qué? —respondí.
—Sí, nene. Te deseo. Me recordás a mí de adolescente —sentenció.
—Sos una atrevida, "nena"... Quizás me gustes —respondí.
—Bueno —alzó los hombros—, me bajo acá. Te dejo mi número; o me seguís, o me escribís. Podés comenzar respondiendo a mi pregunta.
Y me quedé sentado, palpitando en sudor. Ella bajó del tren. Uno, dos y tres pasos la desviaron de mi vista. Me quedé observando el doblez color hueso, marginal. Miré a todos lados, como queriendo encontrar al encarcelador moral, pero nadie golpeando y arrebatando la virginidad de la Justicia. Me estiré y desdoblé el papel: Un conjunto de dígitos y un nombre. Volví a doblarlo, lo abracé con las moléculas de mi palma y metí mi mano a un costado; lo dejé en el bolsillo de mi jean. No me enteré en qué momento estaba en la puerta de su casa, en qué momento tomé mi teléfono, la agendé y escribí un texto respondiendo:
«Ahora mismo, muchos en todas partes y de todas las formas posibles. Quiero ser parte del conjunto».
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